http://open.spotify.com/track/3eKncLEEIDCCbXgnyKsXmZ
Losing Haringey, The Clientele.
"In those days, there was a kind of fever that pushed me out of the front door, into the pale, exhaust-fumed park by Broadwater Farm or the grubby road that eventually leads to Enfield: turkish supermarket after chicken restaurant after spare car part shop. Everything in my life felt like it was coming to a mysterious close: I could hardly walk to the end of a street without feeling there was no way to go except back. The dates I’d had that summer had come to nothing, my job was a dead end and the rent cheque was killing me a little more each month. It seemed unlikely that anything could hold much longer. The only question left to ask was what would happen after everything familiar collapsed, but for now the summer stretched between me and that moment.
It was ferociously hot, and the air quality became so bad that by the evening the noise of nearby trains stuttered in in fits and starts, distorted through the shifting air. As I lay in the cool of my room, I could hear my neighbours discussing the world cup and opening beers in their gardens. On the other side, someone was singing an Arabic prayer through the thin wall. I had no money for the pub so I decided to go for a walk.
I found myself wandering aimlessly to the west, past the terrace of chip and kebab shops and laundrettes near the tube station. I crossed the street, and headed into virgin territory - I had never been this way before. Gravel-dashed houses alternated with square 60s offices, and the wide pavements undulated with cracks and litter. I walked and walked, because there was nothing else for me to do, and by degrees the light began to fade.
The mouth of an avenue led me to the verge of a long, greasy A-road that rose up in the far distance, with symmetrical terraces falling steeply down then up again from a distant railway station. There were four benches to my right, interspersed with those strange bushes that grow in the area, whose blossoms are so pale yellow they seem translucent, almost spectral; and suddenly tired, I sat down. I held my head in my hands, feeling like shit, but a sudden breeze escaped from the terraces and for a moment I lost my thoughts in its unexpected coolness. I looked up and I realised I was sitting in a photograph.
I remembered clearly: this photograph was taken by my mother in 1982, outside our front garden in Hampshire. It was slightly underexposed. I was still sitting on the bench, but the colours and the planes of the road and horizon had become the photo. If I looked hard, I could see the lines of the window ledge in the original photograph were now composed by a tree branch and the silhouetted edge of a grass verge. The sheen of the flash on the window was replicated by bonfire smoke drifting infinitesimally slowly from behind a fence. My sister’s face had been dimly visible behind the window, and -yes- there were pale stars far off to the west that traced out the lines of a toddler’s eyes and mouth.
When I look back at this there’s nothing to grasp, no starting point. I was inside an underexposed photo from 1982 but I was also sitting on a bench in Haringey.
Strongest of all was the feeling of 1982-ness: dizzy, illogical, as if none of the intervening disasters and wrong turns had happened yet. I felt guilty, and inconsolably sad. I felt the instinctive tug back - to school, the memory of shopping malls, cooking, driving in my mother’s car. All gone, gone forever.
I just sat there for a while. I was so tired that I didn’t bother trying to work out what was going on. I was happy just to sit in the photo while it lasted, which wasn’t for long anyway: the light faded, the wind caught the smoke, the stars dimmed under the glare of the streetlamps. I got up and walked away from the squat little benches and an oncoming gang of kids.
A bus was rumbling to my rescue down the hill, with a great big ‘via Alexandra Palace’ on its front, and I realised I did want a drink after all."
Hasta la médula.
martes, 29 de junio de 2010
domingo, 27 de junio de 2010
Soy subnormal.
Hace una semana, cuando le conté que me dolía mucho la espalda, mi jefe ya me dijo que no cree que me renueven para la temporada que viene (como si fuéramos futbolistas). Ayer al llegar, me dio la mano. En los nueve meses que llevo trabajando ahí, nunca me había dado la mano antes, así que ya lo di por hecho. "Hoy al terminar, me echan". Pues no, nada más comenzar, delante de los clientes que iban y venían, me dijo que necesitaban alguien seguro en quien confiar y todas esas cosas, pero que tenía que hablar con la jefa suprema y que ya me diría algo. El hecho de sentirme ya fuera de ahí me hizo sentir bien por algún motivo y estuve de bastante buen humor toda la noche. Cuando ya habíamos recogido y nos íbamos a ir, llegó mi jefe y me dijo de muy malos modos y delante de todo el mundo si yo ya había terminado. Resulta que me había dejado la puerta de material abierta, con las llaves puestas y la luz encendida. En realidad no tiene ninguna importancia, porque las siguientes personas en entrar ahí son ellos mismos muchas horas antes de abrir las puertas, pero da igual. Les he dado la excusa definitiva. Soy subnormal y no hay futuro para mí. Sonreiré al viento mientras pueda.
sábado, 26 de junio de 2010
Hace una semana era viernes.
En el hospital, por la mañana, me quitaron los puntos. Me hizo mucho daño y sangré, pero ya está. El resultado de la biopsia dice que no es nada maligno, pero que no saben qué es. Algo granuloso y gris, aparentemente. Yo soy bastante gris y granuloso. No me agarantizan que no se vuelva a reproducir.
Por la tarde volví a la consulta de mi psicólogo. Hace un año justo que me dio el alta. La conclusión a la que llegamos es: si tengo una vida de mierda, me siento como una mierda. Le conté mi pequeño affair con las pastillas de mi médico de cabecera. Resulta que esas pastillas, aparte de antiguas, son para obsesivos compulsivos, de ahí que me dejaran KO... Y ha vuelto a ponerme deberes. Tengo que escribir mi odio hacia mí y el mundo desde que nací hasta ahora mismo, durante 25 minutos al día o cuando me sienta mal (si puedo, porque no es nada fácil cambiar el chip de orco por el de analizar tus emociones y escribirlas), y también he de hacer una lista de cosas que podría hacer para empeorar mi situación. Dice que soy un experto en arreglarme la vida, porque en el fondo es casi lo mismo destrozar que arreglar. Dice que sé lo que hago mal, lo que me sobra y lo que necesito cambiar. No es así de fácil, pero lo entiendo.
Me dejó claro que no soy bipolar y le insistí en el tema de las pastillas. Tiene una psiquiatra de confianza a quien le envía a veces pacientes, cuando necesitan una ayuda extra. Pues yo quiero una ayuda con extra de pastillas, por favor.
Sinceramente, no creo que nada cambie mucho en el fondo. No tengo muchas esperanzas. Ni siquiera estoy dispuesto a ser 100% sincero.
Paralelamente, llevo tres o cuatro meses con la espalda fatal. Me quedo encorvado, como la vieja esa del delgado de Cruz y Raya. En el instituto ya tenía problemas en época de examenes. Unas cuantas vértebras desviadas y mucha tensión producen eso. La tensión de entrar en el quirófano ya se apoderó de mi espalda en Febrero, dos semanas antes. Mi osteópata necesitó dos sesiones para enderezarme del todo... Y desde finales de Mayo he vuelto a estar casi tan mal como antes. Ahora empiezo a mejorar, pero no puedo hacer casi nada en realidad. Y ahí está el problema que retroalimenta la ansiedad y mi contractura. Porque entre operaciones, contracturas y pastillas mal recetadas, he faltado tanto a trabajar que parece ser que quieren echarme. Y yo lo comprendo. Y esa tensión por querer ir a trabajar para no perder lo poco que hago y gano, hace que me quede clavado y no pueda. La semana pasada trabajé estando fatal y casi me muero. No sé qué voy a hacer mañana.
Después de salir de la consulta, hablé por teléfono con L. Me encantó volver a hablar con ella. Me contó que aunque haga dos años que está casada, su marido iba a mudarse ahora con ella a su piso de Madrid, ese mismo fin de semana, y que le daba un poco de miedo. También me contó que el pobre marido está fatal de la espalda, mucho peor que yo, y que después de dos operaciones no consiguen arreglarlo del todo.
Nos reímos mucho, me desahogué de ciertos temas, le pedi perdón por mis neuras apartagente y nos contamos lo mucho que nos gustaría volver a vernos, lo mucho que nos acordamos el uno del otro. L es muy guay, muy simpática y muy guapa. Y recuerdo que olía muy bien!
El accidente de Castelldefels. Yo casi siempre cruzo la vía cuando vuelvo de Barcelona, sobretodo para no encontrarme a nadie y no tener que hablar. Un día crucé despistado y nada más subir al andén noté como un euromed pasaba a toda velocidad detrás de mí. Menudo susto me llevé...
Y mi San Juan ha consistido en ver capítulos de The IT Crowd con G y G en su piso. Ojalá vuelva a salir Richmond en la cuarta.
No sé, espero, al menos, mejorar físicamente en las próximas semanas.
En el hospital, por la mañana, me quitaron los puntos. Me hizo mucho daño y sangré, pero ya está. El resultado de la biopsia dice que no es nada maligno, pero que no saben qué es. Algo granuloso y gris, aparentemente. Yo soy bastante gris y granuloso. No me agarantizan que no se vuelva a reproducir.
Por la tarde volví a la consulta de mi psicólogo. Hace un año justo que me dio el alta. La conclusión a la que llegamos es: si tengo una vida de mierda, me siento como una mierda. Le conté mi pequeño affair con las pastillas de mi médico de cabecera. Resulta que esas pastillas, aparte de antiguas, son para obsesivos compulsivos, de ahí que me dejaran KO... Y ha vuelto a ponerme deberes. Tengo que escribir mi odio hacia mí y el mundo desde que nací hasta ahora mismo, durante 25 minutos al día o cuando me sienta mal (si puedo, porque no es nada fácil cambiar el chip de orco por el de analizar tus emociones y escribirlas), y también he de hacer una lista de cosas que podría hacer para empeorar mi situación. Dice que soy un experto en arreglarme la vida, porque en el fondo es casi lo mismo destrozar que arreglar. Dice que sé lo que hago mal, lo que me sobra y lo que necesito cambiar. No es así de fácil, pero lo entiendo.
Me dejó claro que no soy bipolar y le insistí en el tema de las pastillas. Tiene una psiquiatra de confianza a quien le envía a veces pacientes, cuando necesitan una ayuda extra. Pues yo quiero una ayuda con extra de pastillas, por favor.
Sinceramente, no creo que nada cambie mucho en el fondo. No tengo muchas esperanzas. Ni siquiera estoy dispuesto a ser 100% sincero.
Paralelamente, llevo tres o cuatro meses con la espalda fatal. Me quedo encorvado, como la vieja esa del delgado de Cruz y Raya. En el instituto ya tenía problemas en época de examenes. Unas cuantas vértebras desviadas y mucha tensión producen eso. La tensión de entrar en el quirófano ya se apoderó de mi espalda en Febrero, dos semanas antes. Mi osteópata necesitó dos sesiones para enderezarme del todo... Y desde finales de Mayo he vuelto a estar casi tan mal como antes. Ahora empiezo a mejorar, pero no puedo hacer casi nada en realidad. Y ahí está el problema que retroalimenta la ansiedad y mi contractura. Porque entre operaciones, contracturas y pastillas mal recetadas, he faltado tanto a trabajar que parece ser que quieren echarme. Y yo lo comprendo. Y esa tensión por querer ir a trabajar para no perder lo poco que hago y gano, hace que me quede clavado y no pueda. La semana pasada trabajé estando fatal y casi me muero. No sé qué voy a hacer mañana.
Después de salir de la consulta, hablé por teléfono con L. Me encantó volver a hablar con ella. Me contó que aunque haga dos años que está casada, su marido iba a mudarse ahora con ella a su piso de Madrid, ese mismo fin de semana, y que le daba un poco de miedo. También me contó que el pobre marido está fatal de la espalda, mucho peor que yo, y que después de dos operaciones no consiguen arreglarlo del todo.
Nos reímos mucho, me desahogué de ciertos temas, le pedi perdón por mis neuras apartagente y nos contamos lo mucho que nos gustaría volver a vernos, lo mucho que nos acordamos el uno del otro. L es muy guay, muy simpática y muy guapa. Y recuerdo que olía muy bien!
El accidente de Castelldefels. Yo casi siempre cruzo la vía cuando vuelvo de Barcelona, sobretodo para no encontrarme a nadie y no tener que hablar. Un día crucé despistado y nada más subir al andén noté como un euromed pasaba a toda velocidad detrás de mí. Menudo susto me llevé...
Y mi San Juan ha consistido en ver capítulos de The IT Crowd con G y G en su piso. Ojalá vuelva a salir Richmond en la cuarta.
No sé, espero, al menos, mejorar físicamente en las próximas semanas.
miércoles, 16 de junio de 2010
Pasado mañana, viernes, vuelvo al hospital. Creo que ya me quitarán los puntos. Ojalá, porque mi piel no está llevando bien tanto poner y quitar esparadrapo.
El mismo viernes, pero por la tarde, vuelvo al psicólogo. El pobre Miguel no se imagina la de mierda que se va a encontrar de golpe sobre su mesa. Espero poder sacarlo todo. Ya hemos perdido confianza y no es fácil, pero lo necesito. Intentaré no llorar ni temblar.
No sé si necesito un psicólogo, o que me receten las pastillas que le pedí a mi médico de cabecera y no me quiso dar, o yo qué sé. Alguien ha dicho de fondo, a escondidas, susurrando, "bipolar", y yo ya lo había pensado mucho antes. Pero mis conocimientos de psiquiatría se reducen a la wikipedia, así que imagino que, de momento, el único litio con el que me voy a relacionar, es con el de la batería de mi móvil.
Ojalá estuviera loco del todo, como una cabra. Podría hacer y deshacer, porque como estaría loco, nada sería tomado en cuenta. "Es que, el pobre, está loco". Igual es sólo cuestión de hacérselo, de fingir.
Justo antes de empezar derecho leí un libro bastante malo. No recuerdo recuerdo el título ni el autor, sólo que me lo dejó una chica que me gustaba mucho y que luego se portó mal conmigo. Recuerdo el personaje de un chico que no podía aguantar más la presión. Familia, pareja, estudios, trabajo, todo. Una mañana, viendo que no se levantaba y llegaba tarde, su madre va a despertarle y se lo encuentra sentado, quieto, con los ojos abiertos, sin parpadear. Respirando en silencio, sin moverse. Por voluntad propia. Y lo internan en un manicomio. Mi héroe. Claro que eso es demasiado injusto para los que te quieren. Igual que suicidarte.
Después de hacer mi ronda anónima por algún blog que sigo, escribo ésto, lo releo, y destrozaría el teclado contra mi cara. Soy un niñato de veintisiete años. He de contenerme.
Necesito que me cojan de la mano. Necesito un abrazo. Necesito dejar de ser yo.
El mismo viernes, pero por la tarde, vuelvo al psicólogo. El pobre Miguel no se imagina la de mierda que se va a encontrar de golpe sobre su mesa. Espero poder sacarlo todo. Ya hemos perdido confianza y no es fácil, pero lo necesito. Intentaré no llorar ni temblar.
No sé si necesito un psicólogo, o que me receten las pastillas que le pedí a mi médico de cabecera y no me quiso dar, o yo qué sé. Alguien ha dicho de fondo, a escondidas, susurrando, "bipolar", y yo ya lo había pensado mucho antes. Pero mis conocimientos de psiquiatría se reducen a la wikipedia, así que imagino que, de momento, el único litio con el que me voy a relacionar, es con el de la batería de mi móvil.
Ojalá estuviera loco del todo, como una cabra. Podría hacer y deshacer, porque como estaría loco, nada sería tomado en cuenta. "Es que, el pobre, está loco". Igual es sólo cuestión de hacérselo, de fingir.
Justo antes de empezar derecho leí un libro bastante malo. No recuerdo recuerdo el título ni el autor, sólo que me lo dejó una chica que me gustaba mucho y que luego se portó mal conmigo. Recuerdo el personaje de un chico que no podía aguantar más la presión. Familia, pareja, estudios, trabajo, todo. Una mañana, viendo que no se levantaba y llegaba tarde, su madre va a despertarle y se lo encuentra sentado, quieto, con los ojos abiertos, sin parpadear. Respirando en silencio, sin moverse. Por voluntad propia. Y lo internan en un manicomio. Mi héroe. Claro que eso es demasiado injusto para los que te quieren. Igual que suicidarte.
Después de hacer mi ronda anónima por algún blog que sigo, escribo ésto, lo releo, y destrozaría el teclado contra mi cara. Soy un niñato de veintisiete años. He de contenerme.
Necesito que me cojan de la mano. Necesito un abrazo. Necesito dejar de ser yo.
domingo, 13 de junio de 2010
No es un chiste. Tengo los pies casi 100% planos. Eso hace que me canse muchísimo cuando camino. Eso hace que destroce mis botas. Eso hace que me sienta mal y me duelan las rodillas. Siempre estoy cansado. Incluso al despetar me zumban los pies. Y voy al podólogo del Barça. Si él, subido a los hombros de Maradona, Romario, Sampras y Messi, no puede, quién va a poder arreglarlos? La gente ni se lo plantea, pero es horrible. Yo y mis dos pies.
miércoles, 9 de junio de 2010
Al llegar a casa he descubierto que todavía llevaba ésto. Me recuerda a las válvulas cardíacas que la casa Harkonnen implantaba a sus vasallos en Dune.
Hoy me han operado. No era nada grave. Algo feo había crecido "en mi muslo".
Una operación se ha complicado, así que han tardado en venir a buscarme. Cuando me estaba acostumbrando a llevar esa maldita bata ha llegado el camillero. Me he acostado en su camilla y me ha llevado por pasillos y ascensores mientras yo sólo veía los fluorescentes y distintas texturas del techo pasar (típica imagen de película de hospital). Aunque en la vida me ha pasado de todo, estaba nervioso, y al llegar a una sala en la que todo el mundo llevaba máscara y guantes no he podido evitar tiritar. Al llegar me han pasado a la mesa de operación y me han puesto una vía en la mano izquierda. La gente iba y venía y yo me sentía un poco intruso en mi propia fiesta. Me han sedado y, cuando ya había perdido el conocimiento, me han anestesiado.
En el quirófano hacía frío y todo el mundo era muy amable. Todo ha ido bien.
domingo, 6 de junio de 2010
El tiempo tiene la culpa de todo.
En el tiempo pasado desde la últia entrada:
He seguido trabajando y casi sin problemas.
He sido, por fín, consciente de que los problemas imaginarios, a veces, son reales. Y no se puede vivir sin afrontar determinados problemas reales. Todas las dudas del mundo, pensar que todo está en mi cabeza. Confiar en el autocontrol. Todo eso no importa en este caso.
A veces las cosas suceden sin poder evitarlo.
Ha habido un pequeño reencuentro con L. Había olvidado lo importante que había sido en mi vida.
He vuelto a reconocer la soledad. Siempre he tenido pocos amigos. Pero desde hace unos años es peor. No tengo a nadie propio con quien poder hablar sin tapujos, de la A a la Z. Sí que tengo amigos, sí que puedo quedar con alguien para hacer lo que sea cualquier tarde. Pero...
-------------------
Me hallo inmerso en El semestre fantástico de la humillación médica. Que nadie pregunte.
-----------------
Y he vuelto a tomar pastillas. Tofranil. "No inspira ninguna confianza con ese nombre de unguento de posguerra", pensé. Y no me equivocaba. Resulta que es un medicamento que tiene unos cincuenta años y en mí no sé exáctamente qué efecto debía tener, pero tras dos semanas de una fatiga muscular brutal, he decidido dejar de tomarlas y volver al médico. Ni siquiera he podido ir a trabajar este fin de semana, que doblaba.
Necesito abrirme. Pase lo que pase.
En el tiempo pasado desde la últia entrada:
He seguido trabajando y casi sin problemas.
He sido, por fín, consciente de que los problemas imaginarios, a veces, son reales. Y no se puede vivir sin afrontar determinados problemas reales. Todas las dudas del mundo, pensar que todo está en mi cabeza. Confiar en el autocontrol. Todo eso no importa en este caso.
A veces las cosas suceden sin poder evitarlo.
Ha habido un pequeño reencuentro con L. Había olvidado lo importante que había sido en mi vida.
He vuelto a reconocer la soledad. Siempre he tenido pocos amigos. Pero desde hace unos años es peor. No tengo a nadie propio con quien poder hablar sin tapujos, de la A a la Z. Sí que tengo amigos, sí que puedo quedar con alguien para hacer lo que sea cualquier tarde. Pero...
-------------------
Me hallo inmerso en El semestre fantástico de la humillación médica. Que nadie pregunte.
-----------------
Y he vuelto a tomar pastillas. Tofranil. "No inspira ninguna confianza con ese nombre de unguento de posguerra", pensé. Y no me equivocaba. Resulta que es un medicamento que tiene unos cincuenta años y en mí no sé exáctamente qué efecto debía tener, pero tras dos semanas de una fatiga muscular brutal, he decidido dejar de tomarlas y volver al médico. Ni siquiera he podido ir a trabajar este fin de semana, que doblaba.
Necesito abrirme. Pase lo que pase.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)