Pasado mañana, viernes, vuelvo al hospital. Creo que ya me quitarán los puntos. Ojalá, porque mi piel no está llevando bien tanto poner y quitar esparadrapo.
El mismo viernes, pero por la tarde, vuelvo al psicólogo. El pobre Miguel no se imagina la de mierda que se va a encontrar de golpe sobre su mesa. Espero poder sacarlo todo. Ya hemos perdido confianza y no es fácil, pero lo necesito. Intentaré no llorar ni temblar.
No sé si necesito un psicólogo, o que me receten las pastillas que le pedí a mi médico de cabecera y no me quiso dar, o yo qué sé. Alguien ha dicho de fondo, a escondidas, susurrando, "bipolar", y yo ya lo había pensado mucho antes. Pero mis conocimientos de psiquiatría se reducen a la wikipedia, así que imagino que, de momento, el único litio con el que me voy a relacionar, es con el de la batería de mi móvil.
Ojalá estuviera loco del todo, como una cabra. Podría hacer y deshacer, porque como estaría loco, nada sería tomado en cuenta. "Es que, el pobre, está loco". Igual es sólo cuestión de hacérselo, de fingir.
Justo antes de empezar derecho leí un libro bastante malo. No recuerdo recuerdo el título ni el autor, sólo que me lo dejó una chica que me gustaba mucho y que luego se portó mal conmigo. Recuerdo el personaje de un chico que no podía aguantar más la presión. Familia, pareja, estudios, trabajo, todo. Una mañana, viendo que no se levantaba y llegaba tarde, su madre va a despertarle y se lo encuentra sentado, quieto, con los ojos abiertos, sin parpadear. Respirando en silencio, sin moverse. Por voluntad propia. Y lo internan en un manicomio. Mi héroe. Claro que eso es demasiado injusto para los que te quieren. Igual que suicidarte.
Después de hacer mi ronda anónima por algún blog que sigo, escribo ésto, lo releo, y destrozaría el teclado contra mi cara. Soy un niñato de veintisiete años. He de contenerme.
Necesito que me cojan de la mano. Necesito un abrazo. Necesito dejar de ser yo.
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